Por Ysabel Velásquez  – @ysabelvel

Este mes conmemoramos el Día Mundial de la Salud Mental. Se trata de un tema retador y que se ha hecho más visible durante la pandemia; porque los cambios de rutinas a los que hemos tenido que enfrentarnos han trastocado nuestras vidas por completo; nos han hecho cuestionar nuestras decisiones, nos han impuesto una reinvención forzada y este proceso ha alterado inevitablemente el equilibrio emocional.

En las redes sociales abundan los mensajes positivos, que impulsan a que tengamos una mejor actitud ante los desafíos cotidianos; pudiendo producir, de esta manera, un peligroso positivismo tóxico

Aunque son frases que nos parecen lógicas y entrañan cierta sabiduría, este bombardeo es contraproducente; pues para gozar de paz y tranquilidad, no hay recetas mágicas ni afirmaciones milagrosas. Creer que sentirnos mal es una pérdida de tiempo o una debilidad del carácter, hace que el abismo emocional se torne más oscuro y profundo.

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La salud mental está lejos de una felicidad impostada y de actitud ganadora todos los días; requiere aceptar las emociones, sobre todo las incómodas, con el mensaje que traen y actuar en consecuencia. Pelear contra los pensamientos negativos y temerles hacen que se tornen poderosos, que se conviertan en una amenaza real que altera nuestra salud en su conjunto, activando en circuito hipotálamo – hipófisis – suprarrenal, mecanismo de la respuesta fisiológica ante una amenaza:  huir, pelear o paralizarse.

Miedo, rabia, tristeza, frustración o culpa, son emociones naturales y adaptativas; experimentarlas nos hace humanos, son además mecanismos naturales que han garantizado la sobrevivencia de nuestra especie en el planeta.

Peligroso Positivismo Tóxico
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Sin embargo, muy distinto es asumirnos como culpables, frustrados o temerosos, convertir una emoción en una etiqueta o un rasgo del carácter o,  peor aún, autodiagnosticarse por la información genérica que lees en un post de Instagram como bipolar, ansioso o depresivo.

Existe una narrativa, entre los coaches, que apunta a sanar las emociones y todas las emociones son sanas; lo sano es sentirlas y expresarlas, no forzarlas hacia un mundo paralelo y ficticio de arcoíris y unicornios; porque una cosa es ser optimistas y otra muy distinta vivir en una fantasía insostenible de alegría permanente

Las emociones se agotan a sí mismas, son efímeras y volubles; y cuando hemos pasado por un momento difícil, nuestro cerebro insiste en protegernos, activando el miedo cada vez que recordamos ese evento. Esto es una respuesta natural; y sí, puede perturbarnos y afectar nuestro funcionamiento diario, y para eso está la terapia, no las publicaciones en redes sociales.

Todos hemos experimentado eventos traumáticos, cuyos hechos nos han marcado; cuya interpretación ha sido catastrófica, y que nos ha sido muy difícil dejar atrás sin dolor. Lo peor de estos eventos es que afectan nuestro presente, la forma de relacionarnos con los demás, nuestro autoconcepto, nuestra valía personal; y es ahí que el trabajo terapéutico, individual y personalizado entra; para ayudar a cicatrizar esas heridas. Y lo más importante, para evitar que se vuelvan a abrir.

Sentir es sano, sentir es poderoso y lo que sientes no afecta quien eres, por el contrario, te conecta con tu ser a plenitud. Escúchate y no te fuerces a estar todo el tiempo bien y alegre. La mejor actitud, es entender que algunas cosas te afectarán y eso está bien; y hacerte responsable por tu felicidad, entendiendo que es un camino, a veces sinuoso, a veces escarpado, con muchos obstáculos; no una meta, en el cual el bienestar es tu derecho, pero sentirse mal también es parte de la experiencia humana.

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