La exposición a las bajas temperaturas desencadena una serie de respuestas fisiológicas complejas destinadas a preservar la homeostasis térmica del cuerpo
Cuando el organismo detecta un descenso en la temperatura ambiental, prioriza la protección de los órganos vitales mediante la redistribución del flujo sanguíneo, lo que genera un efecto secundario conocido como diuresis inducida por el frío. Este fenómeno explica por qué la necesidad de orinar aumenta significativamente durante el invierno o en ambientes refrigerados. (Imagen superior de bzndenis en Pixabay).

Mecanismos de vasoconstricción periférica
La primera línea de defensa contra el frío es la vasoconstricción periférica. El sistema nervioso simpático ordena a los vasos sanguíneos de la piel y las extremidades que se contraigan para minimizar la pérdida de calor hacia el exterior. Al reducirse el calibre de estos vasos, una mayor cantidad de sangre es desplazada hacia el torso y los órganos internos.

Este desplazamiento provoca un aumento inmediato de la presión arterial central. El cuerpo interpreta este incremento de presión como un exceso de fluido total, lo que activa los mecanismos renales para compensar y estabilizar la presión mediante la eliminación de líquidos.
Alteración hormonal y supresión de la vasopresina
El equilibrio hídrico está regulado en gran medida por la hormona antidiurética, también conocida como vasopresina. En condiciones normales, esta hormona le indica a los riñones cuánta agua deben reabsorber para mantener la hidratación. Sin embargo, ante el aumento de la presión arterial central provocado por el frío, la liberación de vasopresina disminuye.

Al haber menores niveles de esta hormona en el torrente sanguíneo, los riñones reciben la señal de reabsorber menos agua, lo que resulta en una filtración glomerular más abundante y, por consiguiente, en una mayor producción de orina diluida.
Reducción de la sudoración y balance de fluidos
En ambientes cálidos, el cuerpo pierde una cantidad considerable de agua y electrolitos a través de la transpiración para enfriar la superficie cutánea. En contraste, cuando la temperatura desciende, las glándulas sudoríparas reducen su actividad al mínimo para evitar la evaporación de calor.

Al no perderse líquidos por la piel, el sistema renal se convierte en la principal vía de evacuación para mantener el balance hídrico del organismo. Esta combinación de factores, la redirección sanguínea, la inhibición hormonal y la nula sudoración, conforma el proceso biológico que incrementa la frecuencia urinaria durante las temporadas gélidas.
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