Entender este fenómeno es crucial para abordar la salud mental y la formación de la identidad en las nuevas generaciones
La interacción de los adolescentes con el entorno digital ha evolucionado de un consumo pasivo a una participación activa donde el contenido no solo se recibe, sino que se construye y se internaliza. Este proceso de co-creación y exposición constante a narrativas curadas está reconfigurando la percepción de la realidad. Así, esto lleva a la normalización de comportamientos atípicos y a una creciente dificultad para distinguir entre los hechos objetivos y las opiniones subjetivas de terceros. (Imagen superior de Karolina Grabowska en Pexels).

La construcción de la realidad desde el entorno digital
Los adolescentes no son meros espectadores. A través de algoritmos de personalización y la creación de contenido propio, participan en la edificación de sus propias burbujas informativas. Esta construcción activa hace que el contenido se sienta más personal y verídico. Esto facilita la asimilación de estándares estéticos, sociales y éticos que a menudo son irreales o extremos.

Al estar inmersos en entornos donde el éxito, la belleza y el conflicto están filtrados por herramientas de edición y estrategias de captación de atención, los jóvenes terminan por integrar estas versiones distorsionadas como la base de su propia visión del mundo.
El efecto de normalización y la presión del grupo
Uno de los riesgos más significativos es la normalización de lo extraordinario o lo perjudicial. La exposición repetida a contenidos que muestran conductas de riesgo, estándares de vida inalcanzables o discursos de odio hace que el cerebro adolescente, todavía en desarrollo, los procese como elementos comunes de la vida cotidiana.

Esta dilución de la frontera entre lo aceptable y lo inaceptable se ve reforzada por la validación social en forma de interacciones digitales. Cuando otros piensan y actúan de cierta manera en masa, el adolescente tiende a ajustar su juicio para alinearse con esa mayoría percibida. Así, tiende muy a menudo a sacrificar su sentido crítico.
La pérdida de la frontera entre lo real y lo percibido
En general, la línea que separa la realidad tangible de la proyección digital se ha vuelto peligrosamente difusa. El adolescente se encuentra en una posición donde lo que otros piensan tiene tanto o más peso que sus experiencias en el mundo físico. Esta dependencia de la percepción ajena para validar la propia realidad genera una vulnerabilidad emocional ante el juicio público y las tendencias volátiles.

La educación digital debe enfocarse ahora en devolver al joven la capacidad de discernimiento. Así, debe permitirle entender que la construcción digital es una representación parcial -y a menudo ficticia- que no debe dictar las leyes de su realidad personal.
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