Esta visión es un pilar para explicar comportamientos complejos que, desde una óptica puramente individualista, podrían parecer contradictorios, como el altruismo o el sacrificio personal en favor de los parientes biológicos
Gen egoísta e inmortalidad | Imagen superior de Google
La teoría del gen egoísta, propuesta por el biólogo Richard Dawkins en 1976, revolucionó la comprensión de la evolución. Desplaza el foco del individuo hacia la unidad más pequeña de la herencia.

Según esta perspectiva, los seres humanos y el resto de los seres vivos operamos como máquinas de supervivencia o receptáculos diseñados específicamente para preservar y propagar secuencias de ADN.

La inmortalidad a través del código genético
El deseo de tener descendencia se interpreta, bajo esta teoría, como el impulso primario de los genes para asegurar su continuidad en el tiempo. Al reproducirnos, los individuos intentamos burlar la finitud de la vida biológica permitiendo que una parte de nuestra información genética permanezca en el mundo.

Aunque con cada generación sucesiva el aporte específico de un ancestro se diluye debido a la recombinación, una pequeña fracción de ese código persiste. Esta medida de inmortalidad genética es el motor que empuja a los organismos a la reproducción. Asegurando que, mientras existan descendientes, una parte del ancestro siga presente entre millones de secuencias ajenas.
El gen como unidad de selección natural
Dawkins argumenta que la selección natural no favorece necesariamente al individuo más apto, sino al gen que mejor logra replicarse. Los genes egoístas no poseen conciencia ni voluntad, pero aquellos que promueven rasgos que facilitan su propia propagación son los que prevalecen en el acervo genético.

Esto incluye el impulso sexual y los mecanismos de atracción, que funcionan como herramientas biológicas para garantizar que el receptáculo cumpla su función de transportador. En este esquema, el cuerpo humano es transitorio, una estructura temporal construida por los genes para que estos puedan saltar de una generación a otra antes de que el contenedor original perezca.
Gen egoísta e inmortalidad | Implicaciones en la conducta humana
Llevar estas ideas al extremo implica reconocer que muchas de nuestras motivaciones más profundas podrían estar dictadas por necesidades moleculares. El amor, el cuidado parental y la competencia social pueden ser analizados como estrategias evolutivas que maximizan las posibilidades de que los genes compartidos sobrevivan.

Sin embargo, Dawkins también sugiere que los humanos, gracias a nuestra capacidad de razonamiento y cultura, somos los únicos organismos capaces de rebelarse contra la tiranía de los replicadores egoístas. Esta dualidad define la experiencia humana en 2026: ser portadores de un legado biológico antiguo mientras construimos un propósito que trasciende la mera replicación de nucleótidos.
Información relacionada en SaberVivirTv
Somos A Tu Salud… ¡Salud por todos los medios! ¡Síguenos en nuestras redes sociales!

